Por Raúl Montes · La Filosofía del Capital
¿Cuántas de tus decisiones con el dinero responden a lo que necesitas y cuántas al personaje que sientes que debes representar?
Una celebración que no puedes pagar, pero que te avergüenza hacer una fiesta más pequeña. Un teléfono que todavía funciona, pero que empieza a parecer insuficiente cuando alguien estrena otro. Una compra que justificas con una frase familiar: “Para eso trabajo”.
Detrás de estas decisiones hay algo más que una operación matemática. Puede haber cansancio, orgullo, miedo al rechazo o una necesidad de reconocimiento que hemos aprendido a resolver gastando.
Examinar esa relación exige algo más incómodo que recomendar un presupuesto: preguntarnos de dónde vienen nuestros deseos y quién se beneficia cuando dejamos de interrogarlos.
Antes de juzgar, hay que distinguir.
Repetir que “los mexicanos no ahorramos” puede sonar contundente. También puede ser falso.
La Encuesta Nacional de Inclusión Financiera 2024 reportó que, entre la población de 18 a 70 años, el 33.6% no había ahorrado durante el último año. El 36.6% había utilizado únicamente mecanismos informales; el 21.6%, mecanismos formales e informales; y el 8.2%, solo formales. Por lo tanto, una mayoría sí reportó alguna forma de ahorro. Eso no permite concluir que fuera suficiente, constante o adecuado para enfrentar una emergencia.
La diferencia importa. Una persona que guarda pequeñas cantidades y después las utiliza para alimentos no está necesariamente administrándose mal. Puede estar administrando una insuficiencia.
Otra puede tener margen para ahorrar y comprometerlo sistemáticamente en gastos que no había planeado.
Las dos llegan al final del mes sin dinero disponible. No llegaron por el mismo camino.
Si queremos hablar con seriedad, debemos distinguir la falta de ingresos, la falta de herramientas y los hábitos que deterioran una situación que sí podría ser más estable.
La educación financiera también ocurre en casa
Antes de conocer una tasa de interés, escuchamos explicaciones sobre lo que significa tener dinero.
“Hay que demostrar que nos está yendo bien”.
“No seas codo”.
“Luego vemos cómo lo pagamos”.
“Más vale disfrutarlo ahorita”.
Estas frases ilustran posibles aprendizajes; no describen a todas las familias mexicanas. Pero permiten reconocer una pregunta: ¿qué conductas se premiaban en nuestra casa y cuáles provocaban vergüenza?
En ciertos entornos, poner un límite al gasto puede interpretarse como falta de generosidad. Hablar de dinero puede parecer de mal gusto. Preguntar cuánto cuesta algo puede sentirse como admitir una inferioridad.
Así, alguien puede aprender a evitar conversaciones financieras mucho antes de tener su primer ingreso.
También podemos heredar hábitos valiosos: comparar, reparar, guardar y ayudarnos. La tarea consiste en examinar esa herencia y decidir qué merece continuar.
Comprar para pertenecer
Propongo mirar algunas compras como una forma de negociación social.
La persona adquiere un objeto, pero también espera obtener algo de los demás: aceptación, respeto, admiración o la tranquilidad de no quedarse atrás.
Ese mecanismo puede aparecer en una comida, una fiesta, un automóvil o la manera de vestir. Ninguno de esos gastos es irresponsable por definición. La pregunta es cuánto comprometen y qué necesidad intentan satisfacer.
¿Lo comprarías si nadie pudiera enterarse?
La respuesta no invalida automáticamente el deseo. Ayuda a reconocer qué parte del precio estás pagando por el objeto y qué parte por la mirada ajena.
La CONDUSEF identifica las emociones, la presión social y la búsqueda de satisfacción inmediata como factores que pueden influir en las decisiones de compra. Son influencias que conviene reconocer, no un diagnóstico sobre el carácter de una nación.
El cansancio también entra a la tienda
“Me lo merezco” puede expresar una necesidad legítima de descanso o disfrute. El problema aparece cuando se convierte en una autorización que nunca revisamos.
Después de una semana difícil, comprar puede ofrecer una recompensa inmediata. Si esa compra compromete dinero necesario para los siguientes días, el alivio puede terminar acompañado de una preocupación nueva.
Aquí conviene hablar con precisión: una compra impulsiva y un patrón compulsivo no son equivalentes. No necesitamos llamar “adicción” a cada gasto que lamentamos para reconocer sus consecuencias.
Podemos empezar por una pregunta más concreta: ¿qué estaba sintiendo cuando decidí comprar?
Una respuesta honesta puede explicar más que clasificar el gasto como “bueno” o “malo”.
La escasez cambia el contexto de las decisiones
También sería cómodo atribuir todo a las emociones y dejar fuera las condiciones materiales.
Cuando el dinero apenas alcanza, cada imprevisto obliga a elegir entre necesidades. La renta, una enfermedad o una semana con pocas ventas pueden desplazar cualquier intención de ahorrar.
Un estudio de Mani y colaboradores, publicado en Science en 2013, encontró evidencia compatible con que las preocupaciones económicas pueden consumir recursos cognitivos. Sin embargo, investigaciones posteriores no han encontrado ese efecto en todos los contextos estudiados. La evidencia exige cautela: no permite afirmar que la pobreza vuelve incapaz a una persona ni que determina inevitablemente sus decisiones.
Para analizar nuestras finanzas, la implicación es práctica: debemos considerar cuánto margen tenemos para decidir, además de cómo utilizamos ese margen.
Exigir disciplina sin mirar los ingresos produce consejos desconectados de la realidad. Ignorar nuestras decisiones cuando sí existe margen también impide corregirlas.
La mensualidad puede esconder la suma
Imaginemos un ejemplo hipotético: alguien acepta cuatro compras con pagos mensuales de 600, 850, 450 y 1,100 pesos.
Por separado pueden parecer manejables. Juntas comprometen 3,000 pesos mensuales.
Si esa persona recibe 15,000 pesos al mes, ha comprometido el 20% de su ingreso en esas cuatro obligaciones, antes de considerar vivienda, comida, transporte y otros gastos.
El crédito requiere mirar el conjunto. Poder cubrir una mensualidad no demuestra, por sí solo, que podamos sostener todas las obligaciones durante el plazo acordado.
La pregunta útil es: ¿cuánto dinero seguirá disponible después de pagar lo que ya prometí?
Revisar nuestros hábitos sin convertir el ahorro en castigo
Una relación más consciente con el dinero necesita espacio para disfrutar y capacidad para sostener ese disfrute.
Podemos comenzar con cinco ejercicios:
Observar antes de corregir. Registrar durante un mes qué compramos, cuánto costó y qué motivó las compras no planeadas.
Introducir una pausa. Dejar pasar un día antes de una compra prescindible puede servir como regla personal para revisar el deseo con menos urgencia.
Sumar los compromisos. Mirar todos los pagos pendientes juntos, con sus fechas y duración.
Separar el dinero según su función. Distinguir gastos cotidianos, obligaciones, reserva y disfrute ayuda a reconocer cuánto está realmente disponible.
Poner límites sociales. Poder decir “este gasto no cabe en mi presupuesto” sin inventar una excusa ni convertirlo en una disculpa.
Si los ingresos no cubren lo indispensable, ese registro también sirve: muestra que el problema requiere cambios más amplios que eliminar compras pequeñas.
Del consumo a la protección
Ordenar el gasto abre otra conversación: ¿qué podría deshacer lo que estamos construyendo?
Un ahorro disponible, una inversión y un seguro cumplen funciones diferentes. Evaluarlos exige entender el objetivo, las condiciones y el costo de cada uno.
En mi trabajo como agente, considero que una conversación responsable debe comenzar por los ingresos, las obligaciones y las personas que dependen de ellos. Contratar algo que no se comprende o que no puede sostenerse también puede ser una mala decisión financiera.
Antes de elegir un producto, hay que identificar el problema.
¿Qué estamos intentando demostrar?
Podemos trabajar mucho y conocer poco las razones por las que gastamos. Podemos repetir las costumbres de nuestra familia, responder a las expectativas del grupo o buscar en una compra la compensación que no encontramos en otra parte.
Reconocerlo permite recuperar capacidad de decisión.
La próxima vez que algo parezca indispensable, vale la pena detenerse:
¿Esto mejora mi vida de una manera que puedo sostener, o estoy pagando por mantener una imagen que cada vez me exige más?
Empieza por conocer tus números. En las herramientas de Seguro con Raúl puedes explorar tu fondo de emergencia y otras necesidades financieras. Si quieres revisar tu situación conmigo, puedes solicitar una asesoría.
Este artículo tiene fines educativos e informativos. No sustituye asesoría financiera personalizada.
Dinero, presión social y los hábitos que aprendimos sin cuestionar
Por Raúl Montes · La Filosofía del Capital
¿Cuántas de tus decisiones con el dinero responden a lo que necesitas y cuántas al personaje que sientes que debes representar?
Una celebración que no puedes pagar, pero que te avergüenza hacer más pequeña. Un teléfono que todavía funciona, pero que empieza a parecer insuficiente cuando alguien estrena otro. Una compra que justificas con una frase familiar: “Para eso trabajo”.
Detrás de estas decisiones hay algo más que una operación matemática. Puede haber cansancio, orgullo, miedo al rechazo o una necesidad de reconocimiento que hemos aprendido a resolver gastando.
Examinar esa relación exige algo más incómodo que recomendar un presupuesto: preguntarnos de dónde vienen nuestros deseos y quién se beneficia cuando dejamos de interrogarlos.
Antes de juzgar, hay que distinguir
Repetir que “los mexicanos no ahorramos” puede sonar contundente. También puede ser falso.
La Encuesta Nacional de Inclusión Financiera 2024 reportó que, entre la población de 18 a 70 años, el 33.6% no había ahorrado durante el último año. El 36.6% había utilizado únicamente mecanismos informales; el 21.6%, mecanismos formales e informales; y el 8.2%, solo formales. Por lo tanto, una mayoría sí reportó alguna forma de ahorro. Eso no permite concluir que fuera suficiente, constante o adecuado para enfrentar una emergencia.
La diferencia importa. Una persona que guarda pequeñas cantidades y después las utiliza para alimentos no está necesariamente administrándose mal. Puede estar administrando una insuficiencia.
Otra puede tener margen para ahorrar y comprometerlo sistemáticamente en gastos que no había planeado.
Las dos llegan al final del mes sin dinero disponible. No llegaron por el mismo camino.
Si queremos hablar con seriedad, debemos distinguir la falta de ingresos, la falta de herramientas y los hábitos que deterioran una situación que sí podría ser más estable.
La educación financiera también ocurre en casa
Antes de conocer una tasa de interés, escuchamos explicaciones sobre lo que significa tener dinero.
“Hay que demostrar que nos está yendo bien”.
“No seas codo”.
“Luego vemos cómo lo pagamos”.
“Más vale disfrutarlo ahorita”.
Estas frases ilustran posibles aprendizajes; no describen a todas las familias mexicanas. Pero permiten reconocer una pregunta: ¿qué conductas se premiaban en nuestra casa y cuáles provocaban vergüenza?
En ciertos entornos, poner un límite al gasto puede interpretarse como falta de generosidad. Hablar de dinero puede parecer de mal gusto. Preguntar cuánto cuesta algo puede sentirse como admitir una inferioridad.
Así, alguien puede aprender a evitar conversaciones financieras mucho antes de tener su primer ingreso.
También podemos heredar hábitos valiosos: comparar, reparar, guardar y ayudarnos. La tarea consiste en examinar esa herencia y decidir qué merece continuar.
Comprar para pertenecer
Propongo mirar algunas compras como una forma de negociación social.
La persona adquiere un objeto, pero también espera obtener algo de los demás: aceptación, respeto, admiración o la tranquilidad de no quedarse atrás.
Ese mecanismo puede aparecer en una comida, una fiesta, un automóvil o la manera de vestir. Ninguno de esos gastos es irresponsable por definición. La pregunta es cuánto comprometen y qué necesidad intentan satisfacer.
¿Lo comprarías si nadie pudiera enterarse?
La respuesta no invalida automáticamente el deseo. Ayuda a reconocer qué parte del precio estás pagando por el objeto y qué parte por la mirada ajena.
La CONDUSEF identifica las emociones, la presión social y la búsqueda de satisfacción inmediata como factores que pueden influir en las decisiones de compra. Son influencias que conviene reconocer, no un diagnóstico sobre el carácter de una nación.
El cansancio también entra a la tienda
“Me lo merezco” puede expresar una necesidad legítima de descanso o disfrute. El problema aparece cuando se convierte en una autorización que nunca revisamos.
Después de una semana difícil, comprar puede ofrecer una recompensa inmediata. Si esa compra compromete dinero necesario para los siguientes días, el alivio puede terminar acompañado de una preocupación nueva.
Aquí conviene hablar con precisión: una compra impulsiva y un patrón compulsivo no son equivalentes. No necesitamos llamar “adicción” a cada gasto que lamentamos para reconocer sus consecuencias.
Podemos empezar por una pregunta más concreta: ¿qué estaba sintiendo cuando decidí comprar?
Una respuesta honesta puede explicar más que clasificar el gasto como “bueno” o “malo”.
La escasez cambia el contexto de las decisiones
También sería cómodo atribuir todo a las emociones y dejar fuera las condiciones materiales.
Cuando el dinero apenas alcanza, cada imprevisto obliga a elegir entre necesidades. La renta, una enfermedad o una semana con pocas ventas pueden desplazar cualquier intención de ahorrar.
Un estudio de Mani y colaboradores, publicado en Science en 2013, encontró evidencia compatible con que las preocupaciones económicas pueden consumir recursos cognitivos. Sin embargo, investigaciones posteriores no han encontrado ese efecto en todos los contextos estudiados. La evidencia exige cautela: no permite afirmar que la pobreza vuelve incapaz a una persona ni que determina inevitablemente sus decisiones.
Para analizar nuestras finanzas, la implicación es práctica: debemos considerar cuánto margen tenemos para decidir, además de cómo utilizamos ese margen.
Exigir disciplina sin mirar los ingresos produce consejos desconectados de la realidad. Ignorar nuestras decisiones cuando sí existe margen también impide corregirlas.
La mensualidad puede esconder la suma
Imaginemos un ejemplo hipotético: alguien acepta cuatro compras con pagos mensuales de 600, 850, 450 y 1,100 pesos.
Por separado pueden parecer manejables. Juntas comprometen 3,000 pesos mensuales.
Si esa persona recibe 15,000 pesos al mes, ha comprometido el 20% de su ingreso en esas cuatro obligaciones, antes de considerar vivienda, comida, transporte y otros gastos.
El crédito requiere mirar el conjunto. Poder cubrir una mensualidad no demuestra, por sí solo, que podamos sostener todas las obligaciones durante el plazo acordado.
La pregunta útil es: ¿cuánto dinero seguirá disponible después de pagar lo que ya prometí?
Revisar nuestros hábitos sin convertir el ahorro en castigo
Una relación más consciente con el dinero necesita espacio para disfrutar y capacidad para sostener ese disfrute.
Podemos comenzar con cinco ejercicios:
Observar antes de corregir. Registrar durante un mes qué compramos, cuánto costó y qué motivó las compras no planeadas.
Introducir una pausa. Dejar pasar un día antes de una compra prescindible puede servir como regla personal para revisar el deseo con menos urgencia.
Sumar los compromisos. Mirar todos los pagos pendientes juntos, con sus fechas y duración.
Separar el dinero según su función. Distinguir gastos cotidianos, obligaciones, reserva y disfrute ayuda a reconocer cuánto está realmente disponible.
Poner límites sociales. Poder decir “este gasto no cabe en mi presupuesto” sin inventar una excusa ni convertirlo en una disculpa.
Si los ingresos no cubren lo indispensable, ese registro también sirve: muestra que el problema requiere cambios más amplios que eliminar compras pequeñas.
Del consumo a la protección
Ordenar el gasto abre otra conversación: ¿qué podría deshacer lo que estamos construyendo?
Un ahorro disponible, una inversión y un seguro cumplen funciones diferentes. Evaluarlos exige entender el objetivo, las condiciones y el costo de cada uno.
En mi trabajo como agente, considero que una conversación responsable debe comenzar por los ingresos, las obligaciones y las personas que dependen de ellos. Contratar algo que no se comprende o que no puede sostenerse también puede ser una mala decisión financiera.
Antes de elegir un producto, hay que identificar el problema.
¿Qué estamos intentando demostrar?
Podemos trabajar mucho y conocer poco las razones por las que gastamos. Podemos repetir las costumbres de nuestra familia, responder a las expectativas del grupo o buscar en una compra la compensación que no encontramos en otra parte.
Reconocerlo permite recuperar capacidad de decisión.
La próxima vez que algo parezca indispensable, vale la pena detenerse:
¿Esto mejora mi vida de una manera que puedo sostener, o estoy pagando por mantener una imagen que cada vez me exige más?
Empieza por conocer tus números. En las herramientas de Seguro con Raúl puedes explorar tu fondo de emergencia y otras necesidades financieras. Si quieres revisar tu situación conmigo, puedes solicitar una asesoría.
Contenido educativo y de opinión. No constituye asesoría financiera, fiscal, jurídica o de inversión personalizada.
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